Aquella mañana, cuando bajó a desayunar, su madre estaba esperándola con una insólita sonrisa y una cesta.
-¿Sabes
qué día es hoy, cariño? -le preguntó.
-¿Sábado?
-Exacto,
y también tres de octubre.
Se concentró tanto en recordar por qué aquel día era importante que poco le faltó para derramar la leche. A pesar de todos sus esfuerzos, no se le
ocurría nada; pero era sábado, así que si hacía enfadar a su madre estaría escuchando regañinas todo el fin de semana. Fingió acordarse de la fecha y
empezó a comer con la esperanza de que mientras ella desayunaba se desvelara el misterio. No funcionó; cuando ya no le quedaron más galletas, tuvo
que arriesgarse:
-¿Y qué
vamos a hacer en este día tan especial?
-Cómo
me alegra que hayas aparcado tus diferencias por un día , cariño. Siendo así, -alzó la vista al techo- creo que lo mejor es que vayas tú sola a celebrar el cumpleaños de la abuela -dijo con una sonrisa casi cruel.
El
cumpleaños de la abuela, ¿cómo había podido olvidarlo? Ah, sí, porque cada vez
que la visitaba salía de allí deprimida, humillada y con dolor de cuello por
culpa de sus injustas collejas.
La habían pillado, y no tenía ninguna excusa para negarse: la
época de recolección de bayas ya había acabado, y en invierno no había hombres
a los que llevar el almuerzo; ni siquiera le quedaban libros que leer. Suspiró
sin molestarse en disimular su disgusto y asintió. Su madre abrió una gran sonrisa y comenzó a sacar cosas de la despensa: un bizcocho, un bote
de miel y otro de café. Lo puso todo en una cesta de mimbre bastante vieja;
antes de taparla lo pensó mejor y cambió el bizcocho por un
pedazo de tarta que apenas si daba para una ración de merienda. Por último, lo cubrió todo con una servilleta de tela a cuadros.
-¿Cuándo
me voy?
-Cuanto
antes te vayas, antes volverás. Te guardaré un trozo de bizcocho de naranja
-dijo pellizcándole la mejilla compasivamente, aunque sin ocultar su triunfo.
Impelida
por la promesa del bizcocho, y también por el deseo de pasar el menor tiempo
posible con la abuela, Alba se abrochó la capa y salió al bosque. Por el camino
fue frenando su paso, consciente de que cada uno le acercaba más a la anciana
gruñona. Sí, cuanto antes fuera antes volvería, y antes podría tomar un pedazo
de bizcocho, pero también tendría que pasar más tiempo en su casa. Lo ideal
sería llegar justo antes de comer; a su abuela no le agradaba la idea de que
alguien comiera de su despensa, y no creía que hiciera una excepción sólo porque hubiera soltado su primer berrido un día como aquél hacía tropecientos años.
Cerca
de un riachuelo, vio un arbusto lleno de estrellitas azules. No es que le
gustaran mucho las flores, pero se paró a recoger unas cuantas, sólo por matar
el tiempo. Se preguntó si no serían aquellos los mismos pétalos con los que el
vecino se había envenenado el año anterior. Pensó en meter algunos pétalos en el frasco de miel, o incluso dentro de la tarta. Si no eran
venenosas, tampoco pasaría nada, pero si lo eran... Se frotó las manos con una
sonrisa macabra. Un crepitar de hojas la alertó. A sus espalda brillaban un par de
atentos ojos amarillos. El lobo se erguía quieto y orgulloso, como si le diera una oportunidad de huir antes de atacarla. El árbol más cercano estaba
demasiado lejos,
pero no faltaba mucho más para llegar a casa de la abuela.
Metió
la mano en la cesta y agarró el bote de miel. Lo subió lentamente hasta su pecho sin apartar los ojos del lobo. Se lo lanzó violentamente al hocico. El
tarro se rompió con un tintineo, y la miel salpicó las
narices del animal, pero Alba ya no estaba allí para verlo. Con un aullido de
rabia y dolor, echó a correr tras ella. Alba miró hacia atrás; no llegaría a la casa a tiempo, sobre todo si
la abuela se daba el brío de siempre para atender a las visitas. En el último
momento, con las fauces del lobo ya casi en sus rodillas, dio un salto a un
lado y rompió de un tirón el lazo de la capa, que cayó sobre la
cabeza de su perseguidor. Corrió hasta la puerta, y el violento choque que la detuvo
fue sólo el primero de los golpes que le propinó, mirando constantemente por
encima del hombro. El lobo seguía forcejeando. A través de la puerta oyó
refunfuños lejanos. Volvió al cabeza otra vez y se le ocurrió una idea.
Se
acercó al animal con pasos blandos; lo oía resollar, atrapado, desesperado y al
borde de la asfixia. Se acercó un poco más y, tirando levemente de la capa,
comprobó que estaba bien enganchado. Lo cogió por detrás del cuello,
como hacen las lobas con su crías, y el animal caminó tambaleante hasta la
puerta. Ya podía oír las pantuflas de la abuela arrastrándose por el suelo. Los
pestillos sonaron un momento antes de que Alba tirara a la capa, desgarrándola
y dejando al lobo libre. La abuela, que iba sin las gafas, apenas sí tuvo tiempo
de decir: "Nietecita, qué dientes tan grandes tienes".
No hay comentarios:
Publicar un comentario