martes, 26 de abril de 2011
Venganza
Un brillo sobre tu cabeza en medio de la oscuridad. Tranquilo, sólo es una pieza de la lámpara de fantasía reflejando un rayo de luna. Continúas el camino hacia el cuarto con pasos blandos, aguzando el oído para percibir cualquier posible incidente. Sólo te responden los latidos de tu corazón, que se intensifican a medida que te acercas a su puerta. Tus pupilas, ya dilatadas por la larga estancia en las sombras, parecen tratar de fundirse con el entorno y se alarman ante cada ligero destello. El parqué bajo tus pies parece rugir como una bestia enjaulada. Sólo lo estás imaginando, o eso esperas. Tragas saliva y te aventuras a dar los últimos pasos. Acercas el oído a la puerta para saber si hay alguien más en el cuarto. El dulce aroma a limón que emana inunda todos tus pensamientos y empiezas a plantearte si esto es realmente necesario. Dudas de los motivos que te han llevado hasta aquí. Con una sacudida de cabeza destierras la posibilidad de marcharte y, decidido, rodeas el picaporte con tus dedos. Apoyando la otra mano en el batiente de la puerta, accionas el mecanismo poco a poco, sintiendo bajo tu mano sudorosa cada movimiento de las piezas y aprietas los párpados esperando que no se despierte. Abres. Primero sólo una rendija, luego lo suficiente para vislumbrar el interior, y finalmente la medida justa para pasar sin rozar el marco. Saboreas la victoria, pero tu instinto te susurra que no es hora de alegrarse aún. No hasta que hayas acabado. Cierras la puerta con el mismo esmero con que la abriste y miras al interior. La cuna, enfrente de ti, está vacía. No es posible. Debería estar ahí. Preso de un profundo desconcierto, no ves a tiempo la silueta detrás de ti; una figura femenina con un biberón roto en alto y un bebé amordazado sobre su pecho.
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