domingo, 21 de noviembre de 2010

En una conferencia...

- Perdona, ¿Puedo sentarme aquí?

- Sí, claro, cómo no.

La mujer colocó sus cosas en la butaca al lado de Marco y se sentó en la siguiente, junto al pasillo.

Cuando la conferencia comenzó ambos se pusieron los auriculares de interpretación: él cuidando que quedaran bien ajustados, ella procurando no despeinarse en el proceso. Pasados unos pocos minutos, Marco se quitó de un sólo tirón los auriculares y los dejó caer al suelo. Echó mano a su cartera, cogió un pequeño objeto e intentó salir lo más rápido que pudo hacia el pasillo, llevándose de propina una mirada de odio de la rubia, que ni siquiera se levantó para dejarle paso. Ya se iba  a ir cuando se le ocurrió preguntarle a la mujer, la única con una cara que conocía mínimamente:

-Oye, ¿puedes acompañarme fuera? -le dijo muy bajito, acercándose mucho a su oreja.

-¿Todos los tíos sois iguales o qué? Estoy trabajando, por si no te has dado cuenta.

Se giró burscamente y volvió a fijar sus ojos en el conferenciante, que no había dejado de hablar en ningún momento.

Marco, espantado por lo que suponía su negativa y avergonzado por la mirada que le había lanzado el hombre de detrás, cerró la mano sobre el inyectable depositado en la mano dirigida a la mujer y caminó con paso vacilante hacia el final de la sala. Nada más salir empezó a luchar contra el envoltorio de la medicina, pero todos los esfuerzos de sus manos cada vez más sudorosas resultaron inútiles. Se derrumbó contra las puertas, y aún pudo oír algunas palabras sobre economía antes de desmayarse por última vez.

2 comentarios:

  1. Jjeje, ironías de la vida. Buen relato ;-)

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  2. mala interpretación del pedido, la chica muy sobrada, pero así es la vida, le tocó de esa manera.

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