SE CONVIDA A MERENDAR A CAMBIO DE RESPUESTAS FILOSÓFICAS INTERESADOS PREGUNTAR POR RAMIRO EN LA PORTERÍA |
Así rezaba un pequeño cartel pegado en la farola de enfrente del portal número 12 de la calle del Peral. El inquilino que lo había pegado por la mañana lo había hecho con la ilusión de poder mantener algunas pequeñas charlas filosóficas con otras personas interesadas en el pensamiento y, ya de paso, resolver algunas dudas existenciales que en los últimos meses le habían asediado.
Recogió la cinta de embalar que había usado para pegar el papelito. La metió en el bolsillo de su gabardina y entró en el portal para decirle al portero que si alguien preguntaba por él, le indicara su piso. El portero, un hombre ya mayor y un poco cascarrabias, accedió de mala gana, sabedor de que Ramiro le daría después una generosa propina, tal y como solía hacer cada vez que le pedía un favor.
Hecho esto, subió la escalera hasta el cuarto piso y se metió en su casa. Aún era mediodía, pero pensó que ya debía empezar a preparar el salón por si venían visitas a merendar. Recogió todas las revistas de motor de encima de la mesita, ordenó los cojines de su sofá y su sillón y se marchó al cuarto en el que dormía.
Ramiro vivía sólo en el piso, y esto le había costado no pocos comentarios sagaces por parte de la vecina de arriba, una mujer de unos setenta años cuya mayor felicidad consistía en comentar cualquier detalle de su vida con el primero que encontrara en la escalera. Aun así, en honor a Ramiro, habría que decir que era un hombre muy pulcro y ordenado, aunque quizás un poco maniático con la limpieza.
Una vez se hubo quitado la gabardina, fue a la cocina y sacó su vieja cafetera. Luego lo pensó mejor y sacó también la tetera. Las limpió y las dispuso de modo que estuvieran listas para ser usadas en cualquier momento, pero que no se vieran desde el cuarto de estar. También abrió las bolsas que había traído esa misma mañana del supermercado y sacó la bandejita de pastas que había comprado.
Hecho todo esto, comprobó su reloj. Eran las cuatro y diez pasadas. Repasó que todo estuviera en orden y se decidió a echarse una siestecilla de media hora para calmar los nervios de tener invitados en su casa.
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